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¡CHICOS, PREPARAD LAS LIBRETAS: VAMOS A HACER UN DICTADO!
Ante esta proposición son variadas las actitudes que percibimos entre nuestros alumnos, desde la sorpresa hasta el fastidio. Pero la verdad es que un simple dictado da mucho juego, veamos:
- Representa un esfuerzo auditivo
- Se practica la ortografía y la puntuación
- Se aprende vocabulario nuevo
- Al escribir se retiene mejor la información
Si, además, elegimos un dictado “adaptado” de alguno de nuestros clásicos, el resultado puede ser de lo más satisfactorio para todos porque nos da pie a confeccionar un marco a modo de unidad didáctica: con una pequeña introducción inicial del fragmento (autor y obra en cuestión) y un pequeño comentario posterior (sentido, estilo, etc.).
A partir de un nivel A2+ recomiendo el primer capítulo de “Platero y yo” de Juan Ramón Jiménez. Al dictar, suprimo alguna que otra palabra o frase para no hacerlo muy largo ni demasiado complicado (esto queda, desde luego, al criterio del profesor). Por otra parte, este capítulo contiene palabras con “h”, “g”, “j”, “c” y “z”, los sonidos conflictivos a la hora de plasmarlos en el papel. Una vez corregido y explicado todo, se discute quién es Platero y si la clase se anima, se puede ir más allá y proponerles que busquen los contrastes en Platero a través de los opuestos (blando/duro, tierno/fuerte, externo/interno).
Las aplicaciones son múltiples y provechosas, por ejemplo: seleccionar biografías para practicar el indefinido, el contraste entre los pasados, los números…
Un buen dictado, no demasiado extenso, lejos de ser aburrido rompe con la rutina.
Bueno, profes, ¡preparad los pasajes y a dictar!
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